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Tocar fondo colectivamente hará que renazcamos reformados


La vida dormitaba en su capazo, y se desperezó para reclamar el alimento.

Aún la maravilla chupando del seno, fue insuficiente para despertar la admiración del profesional “de la vida” o para conmover a la mujer.

De las tres biólogas presentes, ninguna fue capaz de mostrar interés por el bebé, recién nacido, que representaba la maravilla misma que es el fenómeno de la vida, la posibilidad remota de la inteligencia – casi un imposible- y el milagro de la evolución, todo en uno. Ni la profesión ni la feminidad se manifestaron. Ambas silenciosas, dejaron espacio y tiempo únicos para la superficialidad de la moneda y el tráfico de contratos basura, beneficios de seguridad social escurridizos y demás palabrería de la que hoy llena mentes, hogares y calles. Una superficialidad que se hace cada vez menos superficial y pasa de ser tema central porque de algo hay que quejarse, a ser tema único porque sobre su base se forma el sistema y el sistema exige contratos y monedas para darnos lo esencial: la vida.

Escribí este párrafo hace medio año en relación con una visita a Madrid. Hoy, sintiendo ya muy cerca la plenitud del fin, reconozco en la moneda una frialdad indistinta de la anterior, pero veo cómo hablar de dinero y trabajo pasa de ser hablar de bienes materiales a hablar de carencias y escasez. Hablar de lo que tengo se ha convertido en hablar de lo que ya no tengo.

Nos hemos quejado de unas vacaciones mal escogidas y de no poder ir a Sitioquesea. Durante horas hemos oído a nuestros conocidos criticar a sus jefes, a sus compañeros de trabajo y a los profesores de sus hijos, y al final, como fuere, siempre se le implicaba el bolsillo y sus limitaciones… limitaciones de pacotilla. Limitaciones que se enumeraban en una noche de verano, sentados en la terraza de un bar después de la sesión de cine que transcurrió con palomitas y refresco, que no pueden faltar.

La situación no podía perpetuarse y todos lo sabíamos, aunque algunos se negaban a admitirlo. En parte me alegro de que nos sobrevenga el estallido: tocar fondo colectivamente, hará que renazcamos, reformados.

Crecí en un ambiente en el que la condición de compra era tener el dinero para pagarlo. En mi casa no se entendía cómo era que una entidad pudiese “fiarme” dinero cuando no tengo ingresos. No se entendía “pagar a plazos”, porque no sé qué va a pasar en el futuro. Nunca vivimos sobre la seguridad de dos sueldos fijos, ni siquiera de uno. Nunca supimos lo que era el lujo hasta que algún amigo con menos miseria en su vida, nos lo mostraba.

Sabíamos que comer era un lujo, porque alguna vez pasamos hambre. También sabíamos que estrenar zapatos era un lujo, porque nos ocurrió raras veces en la vida (y a día de hoy, sigo heredando zapatos de mi abuela, ropa de mi suegra, etc). No elijo. No tengo estilo propio, tomo lo que me dan y agradezco la intención.

Cuando uno crece en estas condiciones y se encuentra en la sociedad de consumo, se encuentra también con contradicciones todo el tiempo. ¿Un ejemplo? Familias con recursos “amañaban”, si les era posible, los datos facilitados en el formulario para las becas del MEC. No era vergonzoso pedir dinero para estudiar; casi tenía algo de triunfo, supongo que por los requisitos académicos. Sin embargo, era indigno dedicarse a limpiar casas, ser “la que friega el portal” o cobrar por lidiar con hijos ajenos. -Sí, sí, ya sé que no existe nadie en el mundo mundial que en su momento lo haya interpretado de este modo y que todos y cada uno de nosotros hemos participado activamente en la campaña de defensa de la dignidad de las personas sin recursos. Sí, ya-. Y lo más rastrero que podía hacer uno, era pedir para comer. Si ya tenías que ir a mendigar a la Cruz Roja, entonces habías perdido calidad humana. La gente ya no te consideraba un igual, ahora tenían que compadecerse de ti. Su compasión era con frecuencia floja y colmada de una falsedad absolutamente reprochable. ¿Pero quién eres tu, pobrecito, para enseñarle al acaudalado señor algo de humanidad?

Ahora han cambiado las tornas. Ahora que se acaba el consumo de los que decidieron usar el sistema sin mirar hacia adelante ni hacia atrás, ahora que las entidades bancarias nos enseñan que todo tiene un precio, ahora que ya no se puede pedir sin pensar en consecuencias y sin remordimientos… ahora empezamos a entender.

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