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Cómo hacer que la fruta no “se pierda”


Esta es una anécdota vieja que casi todos conocéis, porque es una de esas del coleccionable “Momentos estelares o registros apoteósicos”.

De entre las primeras conversaciones absurdas con El Viejo (supongo que tendré que hacer una entrada específica para explicar El Viejo), surgió el caso de los plátanos siempre-amarillos.

Los plátanos son un alimento muy barato en donde yo vivo, al menos en comparación con cualquier otra cosa natural y fresca. Son un recurso bien conocido por cuanto extranjero se presenta aquí de pronto, sin familia, sin amigos, sin trabajo, sin dinero… Así que comer plátanos es una alternativa real a la inanición y además muy plausible.

Nuestra dieta no iba a ser menos, así que solíamos (y solemos) tener unos cuantos plátanos en un frutero; con suerte, acompañados de otras frutas; y sin suerte, solitarios. El frutero descansaba sobre una mesa en el área común de la casa, donde cualquiera podía verlos… y sí, los veían.

Un día cualquiera, El Viejo, elogiando el amarillo hermoso de nuestros plátanos, nos preguntó cómo hacíamos para que no se pusieran negros. Nos encogimos de hombros y dijimos que acabarían poniéndose antes o después. El Viejo, con suspicacia, nos describe cómo sus plátanos empiezan a presentar manchas negras que van creciendo hasta devorar por completo cualquier atisbo de amarillo, no como los nuestros, siempre hermosos. Nos cuenta que está pensando llevárselos a la habitación, a ver si allí no se le ponen negros.

Otro día cualquiera, de nuevo viene El Viejo a consultar sobre el secreto de los plátanos. Pero qué hermosotes tenemos nuestros plátanos, todos amarillos ellos. Apenas si tienen alguna de esas amenazadoras manchitas negras. Pero nosotros, seguimos sin ser conscientes de haber desarrollado ninguna técnica que retrase la maduración y posterior putrefacción de los plátanos. Seguimos dejándolos en el frutero de la cocina, y siguen sufriendo su proceso con toda naturalidad, aunque al hombre parece que no le entra en la cabeza y nos mira con recelo, como si le ocultásemos la receta.

Pasaron unos meses en los que adquirimos experiencia sobre El Viejo. Y más nos vale, porque es un peligro. Después de tirar a la basura unos cuantos generosos ofrecimientos de comida estropeada o podrida (que, oyes, conseguir que unos bombones echen moho requiere lo suyo), uno aprende a decir gracias humildemente y a inspeccionar el alimento, más que nada porque, de arrojarlo directamente a la basura, una no podría dormir pensando que “igual era comestible”. El Viejo intentó sonsacarnos el secreto de los plátanos unas cuantas veces más, luego se aburrió de preguntar, o se olvidó, o concluyó que no había ningún secreto.

Pero llegó otro de esos días cualquiera, de esos de los de los plátanos. Un poco por sorpresa, porque parecía que El Viejo había dejado de preguntar. Al parecer, solo se había establecido una tregua, y aquel día comenzaba la segunda fase de la misión “sonsácales el secreto de los plátanos siempre-amarillos”.

Así que viene El Viejo. Esta vez estoy yo sola. Elogia los plátanos y procedemos.

¿Cómo hacéis para que no se os pongan negros? Yo los tengo en la habitación ahora, y parece que da igual, se ponen negros enseguida, pero los vuestros… ¿cómo hacéis?

Sola ante el peligro, no pude resistir el interrogatorio y mantener el secreto de los plátanos a buen recaudo. La presión era demasiado fuerte y confensé un vacilante ¿nos los comemos?

Comprendo que, de absurdo, suena bastante increíble, pero así, señores, fue cómo dejamos de tener la misma conversación una y otra vez. El secreto de los plátanos fue desvelado de esta manera. Sí, pese a lo asombroso del proceso, si te los comes antes de que se estropeen, no llegan a estropearse. Ese es nuestro secreto…

Y nosotros pensando en complejidades como que la emisión de moléculas de etanol por parte de otras frutas podía estimular o acelerar la maduración de los plátanos, o que las combinaciones de luz y temperatura podían influir de algún modo…

Conclusión: lo obvio no es obvio para todos.

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