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No me toques la ingenuidad, ¡maldito!


Después de tres años sin que, normalmente, le importe una mierda lo que los demás tengan que hacer, El Viejo va y me pregunta hoy si tengo que ir al baño. Él con toda la intención de hacer uso, pero primero me pregunta.

No, no lo necesito, le digo. Y se lo digo evocando la vez anterior que me lo preguntó, hace un año. Que si voy a trabajar, que sí –si no te importa-; que si tengo que ir al baño, que sí –si te quitas de en medio-; que si voy a usar el váter, que sí –desgraciado, ¿qué te importa?-; que si tengo intención de ducharme, que sí –si es que ello no conlleva tener que arrollarte para acceder-; que si pienso lavarme el pelo también, que sí –y a este paso va a ser que no me da tiempo ni de mear, tío-. Ah, en tal caso voy yo primero, me dice entonces, cargándose en la faz esa su sonrisa de viejito pedazodepan. ¿Cuánta maldad puede alojarse en un solo individuo?

Hoy fue distinto. Esta vez no importaba: no hay que ir a trabajar, no hay prisa de ningún tipo. Y por desgracia, cuando me pregunta semejante cosa, mi primera reacción es evocar aquel día en que demostró su intencionalidad maléfica sin reparos, y por ello, no puedo quedarme tan tranquila pensando que qué detalle tener en cuenta las necesidades de los demás, muy al contrario, me quedo escamosa, preguntándome por un instante qué hay en su cabeza para pensar que podía hacerme la vida un poco imposible esta mañana con lo del baño.

Enseguida sacudo la cabeza (la mía, y sin saña) para liberarla de mi recelo, porque esta es la clase de yo que no quiero ser. Me detesto cuando me dejo habitar por la suspicacia, y esto es lo que me desarrolla este viejo malvado. No quiero convivir con engendros que me malifican, que empañan mi transparencia, que ennegrecen mis pensamientos y me roban la ingenuidad del todo-el-mundo-es-bueno.

Me gusta vivir con la inocencia del todo-el-mundo-es-bueno como premisa y como base de mis relaciones. Asumo el riesgo.

No quiero aprender a sospechar de cada palabra, a malinterpretar una sonrisa, ni a dudar de la sinceridad de un gesto amable. No quiero aprender a odiar.

Viejo Malvado, no me contamines, no me robes la empatía ni las buenas intenciones, no me ensucies, no me vuelvas tú.

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